Desde la más remota antigüedad el hombre crea, con su imaginación, dioses que lo protegen y quimeras que lo asombran: el centauro, el unicornio o el caballo alado. Recientemente la ciencia se ha inspirado en estas fantasías y ha puesto a prueba sus hipótesis, creando quimeras por manipulación genética. Sin embargo, la naturaleza cuenta naturalmente con animales que recuerdan a esas quimeras inventadas por el hombre, como los peces voladores o los peces eléctricos.
* Omar Macadar, Felipe Sierra y Ana Silva
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Desde hace muchos años estudiamos la distribución en nuestro territorio de diferentes especies de estos animales y las comparamos con las condiciones ambientales del agua en que se encuentran. En la figura se representa la distribución de especies y la descarga eléctrica de las dos más abundantes.
Como dijo Ramón y Cajal en carta conjunta con Clemente Estable: "...sería deplorable que la flora y fauna de Sudamérica fueran estudiadas exclusivamente por sabios extranjeros..." |
El hombre recibe información sobre todo a través de la vista. Se dice por eso que somos macrópticos, lo que se refleja en expresiones como "Ojos que no ven, corazón que no siente" o "Ver para creer". El hombre ciego camina lento y con dificultad, aunque su aparato locomotor esté intacto. Cualquiera de nosotros también camina lento en la oscuridad, tanteando con pies y manos. Clemente Estable observó hace muchos años que un sapo que pierde la vista repta, en vez de saltar como lo hace normalmente. Las ratas, en plena oscuridad, son capaces de sustituir su buena visión y exploran con suma eficiencia el medio que las rodea. Emilio Décima (de Tucumán, Argentina) observó que la velocidad y destreza del desplazamiento de las ratas disminuyen mucho si se cortan las vibrisas, esos pelos largos y duros que tienen a modo de bigotes. Es que, tanto las ratas, los sapos y los hombres, si no pueden usan la vista deben auxiliarse con el tacto y otros receptores mecánicos.
Es muy difícil comprender el funcionamiento de un sentido que nosotros no poseemos (Lissmann, 1955)
Algunos peces que viven en la oscuridad (son nocturnos, o habitan en aguas barrosas o profundas) han desarrollado, además del tacto, un sentido que nos cuesta imaginar. Emiten pulsos de corriente eléctrica y tienen receptores para detectar esas corrientes, distribuídos en toda la piel. Son capaces de captar las deformaciones del campo eléctrico que se producen cuando cerca de ellos tienen objetos con propiedades elécricas diferentes a las del agua. El investigador ucraniano H. W. Lissman descubrió, hace unos 50 años, que estos peces usaban esos pulsos eléctricos de descarga débil para sensar el ambiente.
Es difícil para nosotros imaginar cómo funciona un sistema de este tipo, porque no tenemos sensibilidad a las corrientes eléctricas débiles y porque no emitimos ninguna energía para explorar el mundo. Emitir energía para explorar es algo parecido a caminar de noche auxiliados con una linterna. Otro ejemplo relacionado sería la percepción de los sonidos que emitimos al hablar. A veces nos sorprende hacerlo inadecuadamente: muy fuerte en el silencio del cine, o muy débil cerca del estruendo del mar. Si hablamos escuchando música con audífonos, lo hacemos con volumen más fuerte del normal. El sistema nervioso habitualmente regula la emisión de energía en base a la percepción de la misma (retroalimentación).
Un mundo eléctrico
Cuando nos bañamos en ríos, arroyos o lagunas probablemente estemos muy cerca de peces eléctricos que, aunque nos sorprenda, son bastante abundantes en nuestro país. Ese encuentro nada tiene de dramático: estos peces, aunque parientes de la famosa anguila eléctrica, realizan descargas que resultan imperceptibles para nosotros. Lamentablemente para ellos, sus descargas sí son detectadas por un receptor eléctrico, especialmente diseñado, con el cual los ubicamos para poder capturarlos. Podemos así estudiar su distribución en nuestro territorio (ver recuadro) y llevarlos al laboratorio. Allí podemos conservarlos durante bastante tiempo en cautiverio y estudiar su conducta (tanto reproductiva como de agresión), registrar las cédulas que componen el sistema y estudiar la organización estructural (anatomía) de los diferentes componentes.
